Mitos y Novedades en la Historia de México
Por: Jesús Vázquez Trujillo

La maldición de Juan Álvarez

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                        General Juan Nepomuceno Álvarez Hurtado

 

Tras el triunfo de la Revolución de Ayutla, que culminó con el derrocamiento y posterior exilio de el general Antonio López de Santa Anna.

 

El general Juan Álvarez asumió la presidencia de la República, sin embargo, estableció la capital del país en Cuernavaca, pues el general Álvarez tenía el defecto de ser muy supersticioso, y una pitonisa le vaticinó que sí iba o entraba en la Ciudad de México, encontraría la muerte.

 

Sin embargo, los complicados asuntos gubernamentales le obligaron a reestablecer la capital de la República en la Ciudad de México.

 

La nefasta predicción no se cumplió en la persona del cacique, pero sí en su familia. Pues su esposa, y todos sus hijos a excepción de Diego murieron misteriosamente.

 

Eso les dio pie a los conservadores y al clero para intrigar en contra del presidente Juan Álvarez, arguyendo que la muerte de su esposa e hijos era un castigo divino por haber perjudicado a la iglesia con su credo liberal.

 

Eso sin contar con el vitiligo que padecía el general desde su juventud, el llamado “Mal del Pinto” mismo padecimiento que le ocasionaba las burlas del ejército realista, quienes llamaban a sus hombres “Los Pintos”.

 

Por ello, el clero y los conservadores se jactaban de que el general Álvarez, tenía más que merecido el “Castigo divino de la soledad” por hereje, liberal y ateo.

 

Ante estas intrigas, los ataques de los conservadores, aunado a que como buen costeño don Juan Álvarez nunca pudo adaptarse al clima de la ciudad de México, optó por renunciar a la presidencia, dejando en su lugar a su ministro de Guerra, al general Ignacio Comonfort.

 

Como quiera que halla sido, y por más “Castigo Divino” al general Juan Álvarez le alcanzó la vida para atestiguar el triunfo definitivo de la causa liberal republicana.

 

Pues el general Juan Álvarez Hurtado, falleció el 20 de agosto de 1867, a tan solo dos meses de que Maximiliano fuera fusilado.  

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