Un gigante con pies de barro

José de la Cruz Porfirio Díaz Mori y Francisco Ignacio Madero González
El 26 de abril de 1910, Don Francisco I. Madero acudió a Palacio Nacional para entrevistarse con el presidente Porfirio Díaz.
Don Francisco llegó a la cita acompañado por doña Sara Pérez Romero, su esposa, resguardado con una pequeña escolta de 10 hombres, comandada por el general sonorense Benjamín Hill.
A las 10:00 de la mañana, el presidente Díaz recibió a Madero en el despacho presidencial, la entrevista entre ambos personajes transcurrió en un ambiente tenso y áspero.
Don Panchito le expresó al presidente Díaz que no eran de su agrado ni Ramón Corral, ni el general Bernardo Reyes para sucederlo en la presidencia de la República.
Ya que a juicio de don Francisco, ellos no eran lo que el país necesitaba para progresar. Ramón Corral le parecía un hombre sumamente intrigante, mientras que al general Bernardo Reyes lo consideraba un déspota.
El presidente Díaz le dio a entender a Madero, que él no sabía lo que México necesitaba para progresar.
Mientras que él sí, ya que llevaba 33 años gobernando a la nación mexicana, y pretendía quedarse más tiempo en la presidencia. “Sí el pueblo, así lo determinaba”.
Don Francisco le hizo ver al presidente Díaz que el pueblo ya no determinaba nada, que 33 años sin libre opinión, sin una democracia real y sin libertades sociales, habían convertido a la sociedad en personas sumisas, mismas que habían renunciado a hacer valer sus derechos, a disentir, exigir y pensar.
Entonces don Porfirio le preguntó a Madero, por qué deseaba defender a un pueblo al que tanto menospreciaba.
A lo que don Panchito le contestó que de ninguna manera menospreciaba al pueblo de México.
Le expresó su firme convicción de que detrás de la apatía y el aparente desinterés ciudadano, existía un firme deseo de cambio y de libertad.
Mientras tanto en la antesala de Palacio Nacional doña “Sarita” esperaba nerviosa e impaciente, pero el general Hill la tranquilizó diciéndole que no iban a ser tan tontos como para perpetrar un atentado contra Madero en pleno Palacio y a la vista de todos.
El vicepresidente Ramón Corral y el ministro de Hacienda José Ives Limantour, estaban sorprendidos del tiempo que llevaba la entrevista y que no se hubieran suscitado incidentes.
Don Porfirio al escuchar hablar a Madero, le dijo que él no era un político, sino un “Iluminado”.
Y evocó la figura de don Nicolás Zúñiga y Miranda, un hombre al que el presidente Porfirio Díaz utilizaba como su “palero” cada vez que había elecciones para simular que había competencia electoral, y que era la “Democracia” la que decidía su permanencia en el poder.
Ya para despedirse, don Porfirio le deseó suerte a don Panchito en lo que a su pensar era “chifladura” política.
Don Porfirio le aconsejó a Madero que tuviera mucho cuidado, ya que los terrenos de la política eran bastante complejos y peligrosos.
Don Francisco, agradeció el consejo del presidente Díaz, expresándole que aparte de compleja y peligrosa, la política también debería ser honesta.
Finalmente, a manera de sarcasmo e ironía don Porfirio le dijo a Madero que su libro “La Sucesión Presidencial en 1910” (Del cual le había mandado un ejemplar) estaba entretenido y muy bien escrito, pues la verdad es que don Porfirio nunca lo leyó, y si acaso lo hizo no le prestó la mayor atención.
Cuando Madero se retiró del despacho presidencial, don Porfirio tomó asiento frente a su escritorio y suspirando hondamente dijo:
¡Madero es un idealista, un convencido y esos son los más peligrosos, sin embargo, también es un iluso, Pues cree que para gobernar al país solo basta con la buena voluntad!
Al retirarse de Palacio Nacional, doña “Sarita” le preguntó a su marido que tal le había ido en la entrevista con don Porfirio.
Y don Francisco le contestó:
¡Al estar frente a él, me dio la impresión de ser un viejo decrépito, pues no me pareció, ni hábil, ni imponente, ni nada! El presidente Díaz, ha comprendido que existen ciudadanos lo bastante viriles como para enfrentarlo, es un anciano, es un gigante con pies de barro! ¡Don Porfirio no es gallo, sin embargo. ¡Va a ser necesaria una revolución para derrocarlo!
