Fotografía en México: Los empíricos del Bajío

 

 

En 1839, Louis Premier desembarcó en Veracruz con las valijas llenas de mercancías vistosas que vendería en su tienda de la Ciudad de México. Uno de los objetos más impactantes era un artefacto para hacer daguerrotipos. Había que esperar varias horas, intentar más de una vez para registrar imágenes de la vida cotidiana, paisajes o rostros.

 

La complejidad del procedimiento suponía un esfuerzo alquímico y materiales costosos, las placas de cobre y plata se apreciaban como únicas. Mostraban a personas conspicuas o adineradas. Con el tiempo las facilidades que aportó el arribo de la placa de vidrio al colodión húmedo comenzaron a popularizar la fotografía como un pasatiempo más accesible, lo que derivó en una etapa especulativa. Daba inicio la era de la exploración fotográfica; una posibilidad técnica para el arte. 

Los curiosos del daguerrotipo crearon pequeñas series de fotografías en las que se plasmaron proezas industriales, conflictos armados o recuerdos sociales, lo que motivó la apertura de espacios domésticos para exhibir aquellos enigmáticos resultados.

En 1890, el movimiento de fotógrafos pioneros rompió con la privacidad de la fotografía —como objeto de intercambio entre grupos pequeños— y la trasladó a la prensa. Dejaron de privilegiarse las imágenes cándidas iniciales y, del entorno cerrado, pasaron a responder interrogantes sociopolíticas desde las páginas impresas de diarios y revistas (baste mencionar los trabajos de los Hermanos Valleto, Antíoco Cruces y Luis Campa, Octaviano de la Mora, Joaquín Martínez y Pedro González).

La comercialización de cámaras importadas originó un nuevo movimiento de fotógrafos denominados “los empíricos”, quienes documentaron el crecimiento urbano del interior del país, particularmente del Bajío, como primera aproximación estética. Utilizaron equipos fotográficos armados con ópticas adaptadas provenientes de instrumentos no relacionados con la fotografía. Aprendieron a construir sus propias cámaras con cajones para bolero, cajas de fonógrafos, trozos de madera y metal, guiados por la observación o por planos instructivos de cámaras extranjeras. Algunos por su éxito, replicaron el modelo de los antiguos estudios fotográficos, establecidos en las ciudades más importantes de la región hacia el final del siglo XIX (siguieron el ejemplo de los legendarios Vicente Contreras, Romualdo García, Juan de Dios Machain, Rutilo Patiño). Otros, en cambio, emplearon las facilidades del aparato fotográfico para denunciar. 

 

En los pueblos pequeños, el fotógrafo retrataba civiles para trámites oficiales o bien, testimoniaba eventos de carácter social (como Sabás Treviño, Nicolás Rendón o Desiderio Lagrange en el norte del país). 

El margen de improvisación artística era limitado por el cliente, que dictaba los términos económicos y conservaba el negativo original; por ende, era común la pérdida de obra. Como consecuencia, el análisis de la evolución estilística era casi impensable. La práctica fotográfica, orientada completamente a la función estética, era asunto de corresponsales extranjeros, magnates locales, o herederos extravagantes, prueba de ello es la inmensa cantidad de placas que muestran autorretratos, capturas eróticas, demostraciones de opulencia, y escenas de autoridades en plazuelas y casonas. 

Luis Calvillo de la Vega “Mustafá”, acaso el fotógrafo experimental más importante desde los años veinte hasta los años ochenta del siglo XX, creó un acervo de miles de imágenes (actualmente dispersas en colecciones privadas, fototecas y archivos).

La minería en Guanajuato y los paisajes de poblados aledaños fueron estampas recurrentes en su primera etapa, que inició en 1929 cuando le fue obsequiada una vieja cámara de cajón. Al finalizar los años 40, “Mustafá” desarrolló técnicas avanzadas para la época: creó un sistema óptico a partir de un antiguo sextante; esto le facilitó trabajar con luz natural en todas las circunstancias.

Participó en la película “Bugambilia” de Emilio Fernández como extra y como asistente de Gabriel Figueroa. 

Fue uno de los primeros fotógrafos en México que intervino sus fotografías con acuarelas y otras aplicaciones en relieve. Quienes lo conocieron, resaltan su ingenio y su indumentaria “llevaba el sombrero y la capa que Artemio Valle Arizpe le obsequió durante una estancia en Guanajuato”, refieren los estudiosos de sus testimonios.

En los años 50, la fotografía cambió su condición de obsequio poco accesible y su cualidad de mero soporte histórico para transformarse en un medio al servicio de la propaganda. También fue herramienta legal y se consolidó como un arte con tendencia al desarrollo de un lenguaje propio. 

Al haber aprendido el oficio de su padre, el insigne Romualdo García, Salvador, Manuel y Sara se desempeñaron como fotógrafos publicitarios y crearon los primeros productos turísticos para promover ciudades mexicanas. Algunas de sus imágenes fueron publicadas por medios internacionales como LIFE, y se incluyeron en la colección permanente de la Biblioteca del Congreso en Estados Unidos. Sara García fotografió eventos sociales y realizó infinidad de retratos para documentos oficiales con una cámara que ella misma reparó y que había pertenecido a un magnate minero británico. También creó series fotográficas de moda, que expuso en aparadores de tiendas de la entonces capital del país. En 1971 una parte del archivo de los hermanos García se perdió, sin embargo una extensa colección de postales a color se conserva en la fototeca de la Alhóndiga de Granaditas. 

La fotografía también ha sido instrumento para la verificación de identidades en México y ha sido útil desde entonces para inventariar propiedades, documentar descubrimientos arqueológicos e identificar personas durante desastres naturales o conflictos como la Revolución Mexicana o la Guerra Cristera. 

Francisco Ballesteros Guadarrama, quien se formara como fotógrafo con Jesús Avitia, asistente de Álvaro Obregón, al principio fue fotógrafo de la sección policíaca. No obstante, desde su llegada a Guanajuato en los años 40, se dedicó a recorrer los barrios con una cámara Noba Pedestal 5 x 7 a la que adaptó lentillas de microscopio y cristales pulidos a mano. Cultivó principalmente la fotografía arquitectónica, donde a la distancia puede apreciarse una constante: la presencia del punto de fuga. Su obsesión por la pintura renacentista fortaleció sus primeras imágenes, que más allá de 1950 se enriquecieron con la influencia del cine. Ballesteros ya no evitaba la sombra, a partir de entonces la buscaba para añadir dramatismo barroco a las placas de su segunda etapa artística, que concluyó en 1966 cuando experimentó por algunos meses con una cámara estadounidense de formato súper 8, rearmada con piezas alemanas y francesas. Desde ese momento, su estudio, encabezado por Liova Castro Espinosa (colorista y primera mujer en México experta en trabajo de retoque) e Higinio, asistente fotográfico y creativo, comienza a producir en serie obra personal de Ballesteros, a pedido de hoteles y restaurantes. 

En el transcurso de esa década, el fotógrafo jaliciense, Luis Carballo, aficionado al fútbol y a retratar a los personajes que visitaban México, expuso por iniciativa propia una serie de retratos. A modo de sátira y vestido de mariachi colocó, afuera de la casa de Salvador Novo, una ofrenda del día de muertos con fotografías surrealistas de políticos de la época. Su amigo, Jorge Ibargüengoitia escribió calaveras para mofarse de cada ilustre hasta que ambos le dieron “muerte simbólica al mal gobierno”. Años más tarde, por recomendación de Efraín Huerta, los periódicos nacionales comenzaron a contratar a Carballo para colaborar como fotógrafo artístico en eventos de la Casa del Lago, el Palacio de Bellas Artes y la desaparecida librería de cristal (Alameda de la Ciudad de México), donde fotografió con una cámara armada por él mismo, a incontables personajes del arte mundial. Luego de su muerte en el terremoto de 1985, se recuperaron dos cajas con retratos de la autoría de Carballo, sin embargo, muchas de sus fotografías se quemaron en el incendio de 1982 en la Cineteca Nacional.

V. A., “El Guanajuato que yo conocí: Fotografías de Francisco Ballesteros Guadarrama”, Archivo Histórico del Estado de Guanajuato, 2018.

V. A., “Grandes Guanajuatenses Vol. I: Cultura”, Gobierno del Estado de Guanajuato, 2018.

V. A. “Cuadernos | Fotografía en México”, Gobierno del Estado de Hidalgo, 1989.

Canales Claudia, “Romualdo García: Un fotógrafo, una ciudad, una época”, Gobierno del Estado de Guanajuato, 1980.

Vázquez Olvera, Carlos; Solanes Carraro, María del Carmen, "Mi cámara dirá las bellezas del terruño" Mustafá, fotógrafo guanajuatense. Revista Alquimia. Sistema Nacional de Fototecas: Reconstrucciones desde lo visual: lo arqueológico. Num. 60 Año 20 (mayo-agosto), 2017. 

 

 

Este contenido fue publicado originalmente en la columna semanal de Fátima Alba, del diario La Crónica de Hoy.